Larga mirada del caballo. Julio Félix Royano

julio-royanoJorge Boccanera, escritor argentino, nos hace llegar una muestra de la obra de su compatriota Julio Félix Royano (1928-2015), cuya poesía hasta la fecha "ha pasado lamentablemente poco menos que desapercibida para la crítica".

 

 

 

Larga mirada del caballo
Julio Félix Royano

 

Julio Félix Royano, el hombre como animal de presa
 Jorge Bocanera

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Jorge Boccanera

Al día de hoy, la obra literaria del poeta argentino Julio Félix Royano, con un trabajo minucioso en términos de lenguaje y una visión lúcida a fuerza de interrogar el sentido de la existencia, ha pasado lamentablemente poco menos que desapercibida para la crítica. Nacido en Buenos Aires en 1928 y fallecido en la misma ciudad en 2015, Royano publica en 1952 su primer libro –Canto provisorio– y a inicios de la década de 1970 realiza un trabajo pionero en la coordinación de talleres literarios bonaerenses al hacerse cargo del «José Pedroni». Acorde con su personalidad renuente a cualquier tipo de ostentación, se caracterizó por «acompañar» a los participantes del taller en sus trabajos incipientes, orientando con su sólida erudición sin que se note, dándole un lugar preferencial a la lectura y a la corrección sostenida de los textos. De carácter afable y sencillo, eran notables sus charlas, convirtiendo una conferencia sobre algún asunto del  entamado cultural en diálogo de amigos, merced a un vasto conocimiento y un manejo de la oratoria con gran soltura.

Otros de sus libros de poesía son: Pueblo y milagro, El río sin nombre, Animal de presa, Mururoa, Lunes de Dios y La alfombra de Novalis. Royano Autor además del libro de crónicas La vida y el canto y de las novelas breves El Mata y Camée la Blanche, recibió entre otros galardón es el premio del Fondo Nacional de las Artes y el premio LAFINUR-Esteban de Luca. Sala de Representantes de la Ciudad de Buenos Aires.

 

Espejo

A veces la llanura
está solo en la larga mirada del caballo.
Tan sólo allí
En lo demás hay viento y esas cosas
capaces de ir y de venir.

En el caballo está lo que está lejos
Y se lo siente aquí.
En la caña está el cielo
como en la mira del fusil.
En la rama la nube entretejida
y el ansia de subir.
En la espina la sangre
y una pequeña puerta para salir.

Sólo en la forma del caballo
está lo que no está ni va a venir.
Con él la lejanía es un recuerdo
que tiene porvenir.

 

El otro hombre

Está el hombre a caballo y es jinete
más que por su postura porque va a alguna parte.
El ingeniero está sobre sus anchos planos desplegados
está, y es ingeniero
porque alguien le ha pedido un edificio
descrito con palabras y ademanes.

Y está el escultor sobre su mármol
y vive y es un hombre
porque se le ha pedido que detenga en los siglos
la forma y el volumen que se lleva la muerte.

Y está el médico abierto
como un ala sobre el paciente
y vive y es un hombre
porque tiene un trabajo impostergable:
porque alguien necesita que otras alas no caigan;
porque alguien le ha pedido más horas de agonía
y él busca en su maleta desesperadamente.

Y el capitán sobre cubierta
danzando en el trapecio del naufragio,
y el ladrón en su sombra
y el guardia en su prisión de cuatro pasos,
la madre en el lunario de su vientre:
la nodriza en su vientre postergado,
y el astronauta en su misantropía
burlada en las amarras del aplauso.

Y viven y son hombres
porque necesitamos que se cumplan sus ciclos.

Y el ex-asalariado está en la fila
hasta que cuatro letras le gritan «no hay vacante»
y está sobre sus pies y aunque está erguido
yo os digo y os repito que está muerto.

Muerto y perdido muertos y olvidado
muerto sin frío ni calor
muerto sin voz no oído
muerto sin rezo
más muerto que los muertos; sin reposo
y sin ese respeto que otros muertos infunden a los vivos.

Muerto y bien muerto y en alguna parte
tiene que estar el asesino.

 

Con la vergüenza II

                                   Figlio indiscreta della nota.
                                   Memoria, memoria incessante.
                                   Giuseppe Ungaretti

Memoria: humo de tiempo,
Tiempo: leña emplumada
en el nido del fuego,

Ya la pala te pesa…
Ya te pesa la pala
corazón fogonero.

 

Insulto

El dolor del insulto se te parece, Noche;
es así de alto y ancho
y tiene tu silencio.
Porque el silencio escupe salivazos amargos
cuando viene después
de todas las preguntas

 

En guerra

Entro en guerra con Dios cuando te toco.
Lo lastimo en los dientes de mi beso.
Le echo en rostro tu cara, y aun con eso
no conforme, lo cito y lo provoco.

Hasta que me rodea poco a poco.
Me enreja en tu color, me pone preso
y al fin me aplasta con mi propio peso
sobre tu cruz, allí donde lo invoco.

Luego salgo a un aparte para verte:
para buscarme a mí o al universo
o a Dios, que ya no está en ninguna parte.

Y al fin, como quien vuelve de la muerte,
junto lo que de mí quedó disperso
y vuelvo contra Dios a enamorarte.

 

En paz

Dónde irá Dios ahora que va ileso
de los amagos de mi dentadura.
Ahora que se cobra con usura
aquella abdicación ante mi beso.

Yo lo agredí en tu carne, lo confieso,
y él me arroja esta paz desde la altura:
esta asepsia total, esta impostura
de la ecuanimidad, este suceso

destronador y vaciador y aleve.
Porque te vas: yo he visto la vereda
y echada estaba allí mi propia suerte.

Te dejo ir. Por la vereda llueve
la sucia paz, lo único que queda.
Esta paz que compré, llena de muerte.

 

Neanderthal

Muy bien, hablemos claro.
Alguien ha dicho
que las armas atómicas podrían
deshacernos a todos.
A todos; no a unos cuantos
y eso,
según parece, es malo.

Mucho más malo que antes
cuando morían esos cuantos
y los demás seguían a través de sus tumbas
bebiendo el hidromiel y procreando
y amparando a las viudas y violando a las hijas
de aquellos cuantos.
Y eso, según parece,
no era tan malo.

Pero ahora, con las armas
que nos hemos dados
ya no se puede controlar la destrucción
ni la dirección del estrago
y sin control, podría destruirse
lo que siempre fue salvado
–habrá que esperar que se erijan nuevas casamatas
para resguardarlo–

Es decir que nadie garantiza
que mueran sólo unos cuantos–.
…………
Señor, podríamos pactar con él
aunque no sea muy amigo de cumplir los pactos.
Podríamos mellar el filo de las armas
de nuestros aliados
y dejarle plantar algunas viñas
en nuestros campos.
Y fijarnos cómo fabrican sus tiendas y sus ropas
para imitarlos
–esto, seguro, los halagaría;
esto tiene que halagarlos–.

…………
Podríamos fumar la pipa de la paz
y consultar el oráculo
en el vientre del ave
para ir tirando

…………
Y arrastrarnos astuta y voluptuosamente
con pies y mano…

Pero el hombre de Neanderthal, señor, no nos querría.
Porque él era curioso, progresista y dramático.
Y salió al campo y lo comió una fiera.
Y subió a un monte y lo deshizo un rayo.